viernes, 11 de julio de 2014

Memoria

Viajábamos en el seat naranja de regulares formas cúbicas hasta, que yo recuerde, mis primeros quince años de vida. La memoria más remota se remonta a esas 6 personas dejándose conducir por el llamado cabeza de familia. Felices finales de los 70's. En aquella época los niños se sentaban en el regazo de la madre copiloto, y sin cinturón (lo de madre copiloto no era tan feliz), y el resto de los hermanos se apelotonaban en los asientos traseros mientras preguntaban: "¿Cuánto falta, mamá? ¿mamá, falta mucho? De un lugar de La Mancha a otro, el trayecto parecía una aventura irreconciliable con el sueño de volar. Nunca faltaba demasiado, pero nunca llegábamos a tiempo. Durante el camino de regreso (no recuerdo lo sucedido entre viaje y viaje), cuando no podía dormir por el calor, el cansancio o por simple aburrimiento, tarareaba colores. Los colores no eran notas, sino melodías. Melodías que partían de un negro vacío lleno de posibilidades. Ay, el vacío, la carencia, lo no descubierto aún, cómo me gustaba clavarle los dientes y evaporarse nubes. Cómo permitía la plenitud de la música, la ingenua creación de la música. Pero aquella sonata infantil, monótona como locomotoras del peor espagueti western, terriblemente molesta a oídos ajenos, aunque tan necesaria para los propios, exigía silencio. Los verdes o malvas, silencio. Los ámbar o azules, silencio. Los rojos u ocres, silencio. Silencio las vísceras, las náuseas, el fuego. Silencio. No volví a cantar-pintar hasta pasados los 30.

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LA PANDERETA DIJO (Primera edición)


¿Quién no ha renegado de sus musas o sus musos? (que de todo hay) por bailar la misma música que cotidianamente tocamos? La pandereta dijo es un desafío q todos los instrumentos, entre los que sobresale el ritmo familiar y desacompasado de una historia de amor no solicitada. El libro que tienes en tus manos esconde una realidad donde encuentro y deseo se van transformando en un juego de acróbatas en el que no se sabe cuándo y quién caerá primero.